En el espíritu de acción de gracias
A los hijos de Dios se les ha mandado siempre dar las gracias
El apóstol Pablo escribió:
“Dad gracias en todo, porque esta es la voluntad de Dios para con vosotros en Cristo Jesús” (1 Tesalonicenses 5:18).
El profeta Alma enseñó:
“...cuando te levantes por la mañana, rebose tu corazón de gratitud a Dios” (Alma 37:37).
Y en la revelación moderna, el Señor declaró que
“el que reciba todas las cosas con gratitud será glorificado; y le serán añadidas las cosas de esta tierra, hasta cien tantos, sí, y más” (D. y C. 78:19).
Debemos agradecer a Dios nuestras adversidades y orar pidiendo guía para afrontarlas. Mediante esa actitud y nuestra fe y obediencia, haremos realidad las promesas que Dios nos ha dado. Es todo parte del plan.
Demos gracias por lo que somos y por las circunstancias que Dios ha puesto en nuestro viaje personal a través de la vida terrenal.
En tiempos antiguos, el profeta Lehi enseñó ese principio a su hijo Jacob:
“Tú has padecido aflicciones y mucho pesar en tu infancia a causa de la rudeza de tus hermanos.
“No obstante, Jacob, mi primer hijo nacido en el desierto, tú conoces la grandeza de Dios; y él consagrará tus aflicciones para tu provecho” (2 Nefi 2:1–2).
A mi madre le encantaba ese pasaje de las Escrituras y vivía sus principios. La aflicción más grande de su vida fue la muerte de su esposo, nuestro padre, después de sólo once años de matrimonio. Eso cambió su vida y tuvo que pasar grandes apuros al hacerse cargo de ganar el sustento y criar sola a tres hijos pequeños. No obstante, a menudo la oía decir que el Señor consagraba su aflicción para su provecho, ya que la muerte de su esposo la había obligado a desarrollar talentos, a servir y a convertirse en alguien que nunca hubiera llegado a ser si no fuera por esa aparente tragedia. Nuestra madre fue un gigante espiritual, fuerte y plenamente digna del tributo amoroso que sus tres hijos hicieron grabar en su lápida: "Su fe fortaleció a todos”.
Cuando comprendemos ese principio, Dios nos brinda oportunidades para bendecir y nos bendice por medio de nuestras adversidades, así como de las adversidades de otras personas, comprendemos por qué nos ha mandado una y otra vez dar
“gracias al Señor tu Dios en todas las cosas” (D. y C. 59:7).
Ruego que seamos bendecidos para comprender la veracidad y el propósito de las doctrinas y los mandamientos que he descrito, y para que seamos lo suficientemente fieles y fuertes para dar gracias por todas las cosas.
Testifico de Jesucristo, nuestro Salvador, Redentor y Creador, por quien damos gracias, en el nombre de Jesucristo. Amén.
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